Un negocio entre socios, donde la cercanía hacía casi imposible poner límites: las conductas no se corregían, no había reglas, la rotación se llevaba puestos clave. El problema no era técnico, era humano: nadie le pone un límite a un amigo.
Entré para ser yo el que pone las reglas, dejar por escrito cómo se trabaja y qué se espera de cada uno, y que los dueños dejaran de hacer de malos con su gente.
Con las reglas sobre la mesa, la operación dejó de depender del vínculo y los dueños volvieron a dirigir, en vez de cubrir turnos.